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Preguntas para las que no tenía respuestas

Al nacer me negué a que fuera bautizado. Era el primer nieto para mis padres, y su nacimiento fue todo un acontecimiento en la familia. Mi madre consiguió agua del río Jordán para el bautizo, pensando que no podría negarme, pero vaya si me negué. Tuvimos broncas en las que mi madre amenazaba con llevarse al niño y bautizarlo, y yo le aseguraba que si hacía tal cosa no volvería a verlo más. Mi abuela tenía un tremendo disgusto, pero yo lo tenía clarísimo: no iba a permitir que “contaminasen“ a mi hijo.

Cuando llegó el momento de buscar un colegio para él, estaba claro que tenía que ser laico. Era un requisito imprescindible. Desde luego me esmeré en darle una educación laica a mi hijo.

Pensamos una hora semanal tampoco podría “perjudicarle” demasiado.

Pronto empecé a ver que mis esfuerzos por darle una educación laica a mi hijo iban a servir de poco. Desde muy pequeño mostró un interés perseverante por el origen del mundo y del hombre, por la muerte, por todo lo trascendente. Por las mañanas, cuando íbamos camino del colegio, la conversación invariablemente acababa poniéndose trascendental. Me sorprendía con preguntas para las que no tenía respuestas y con el tiempo fui perdiendo la seguridad agnóstica que tenía al principio. Ya no veía las cosas tan claras. Cuando empezó primaria, eligió religión como asignatura optativa. Pensamos una hora semanal tampoco podría “perjudicarle” demasiado.

Sin embargo, continuó con sus clases de religión, hasta que un día, cuando tenía ocho años, nos preguntó si había sido bautizado. Le dijimos que no. Y nos dijo que se quería bautizar. Intentamos darle largas. Pero en seguida me di cuenta de que aquello iba en serio. Fuimos varias veces a la parroquia más cercana a nuestra casa, pero nunca conseguimos hablar con un sacerdote. Solía estar cerrada, y si estaba abierta nunca vimos a un cura con el que poder hablar.

Todo aquello reforzaba mi postura: la Iglesia es impresentable.

Entonces una amiga me dijo que conocía a un sacerdote muy majo que seguro que lo bautizaba. Como mi hijo seguía insistiendo, fuimos a verle. Los niños de su edad estaban en catequesis para preparar la primera comunión, así que este sacerdote decidió darle una catequesis de bautismo sólo para él. Aquello me pareció increíble. No nos conocía de nada, sabía que vivíamos en otro municipio, y además, la parroquia estaba hasta arriba de gente. Él no encajaba ni remotamente con la idea de la Iglesia que yo tenía por aquel entonces, pero mis prejuicios estaban bien construidos y no iban a cambiar de un día para otro. Habíamos sufrido pérdidas muy duras, de personas muy jóvenes que se habían ido para siempre en nuestro entorno más cercano. Por aquel entonces pensaba que era mucho mejor que Dios no existiera, porque si existía, parecía que disfrutaba haciéndonos sufrir. En aquel momento yo no estaba para revisar nada.

Y así fue como pese a todo, fue bautizado. Su padre y yo asistimos como meros espectadores, sin terminar de creérnoslo. Después hizo su primera comunión. Recuerdo que, contra todo pronóstico, me emocioné de forma completamente inexplicable cuando mi hijo comulgó.

Objetivamente aquel cambio me complicaba la vida

Por lo demás, mi vida transcurría aparentemente bien. Mi matrimonio funcionaba fenomenal, teníamos un hijo maravilloso que nunca nos dio ni el más mínimo problema, los dos teníamos trabajos estables, y una vida sin complicaciones. Viajábamos bastante, siempre teníamos un plan apetecible a la vista, y sin embargo, yo sabía en lo más recóndito que me faltaba algo. Pero no sabía lo que era.

Siempre me ha encantado leer y en aquella época devoraba de forma compulsiva libros de todo tipo. Mucha filosofía, libros sobre religiones orientales, sobre yoga, reencarnación… Leí de todo. Pero el vacío seguía allí, aunque mi actividad frenética no me dejase hacerle mucho caso. Hasta que en el trabajo me anunciaron un cambio de ubicación, que aunque suene ridículo, iba a partir mi vida por la mitad.

Objetivamente aquel cambio me complicaba la vida. Tenía que madrugar una hora más, y me lo ponía muy difícil para llegar a tiempo al colegio y recoger a mi hijo. Pero la reacción fue desproporcionada. Mi estómago se encogió y parecía incapaz de digerir. Sentía un ardor de estómago insoportable que pasó a ser permanente. Me detectaron una anemia alarmante, por lo que tenía que tomar hierro. El hierro empeoró aún más el estado de mi estómago.

Peregriné por varios médicos. Después de pruebas de todo tipo, me diagnosticaron cardias incompetente. La “tapa” de mi estómago no se cerraba y ése era el origen de la sensación de quemazón permanente en el esófago.

La “solución” de los médicos: omeprazol de por vida y dieta estricta. Me dijeron que tenía que dormir incorporada, y que cenase todo lo temprano que pudiera. Para mi, cenar más tarde de las siete era garantía de no pegar ojo esa noche. El origen de la anemia no se sabía cuál era, y no había forma de erradicarla. El agotamiento me tenía derrotada.

Así estaba yo cuando una amiga me invitó a Alpha. Tocando fondo físicamente, estresada y angustiada. Lo primero que pensé fue decir “no”. 

Si un traslado en el trabajo podía descolocarme de esa manera, es porque las cosas no estaban tan bien como yo pensaba. Ese vacío que estaba allí desde hacía tiempo, aunque camuflado, se hizo insoportablemente evidente.Así estaba yo cuando una amiga me invitó a Alpha. Tocando fondo físicamente, estresada y angustiada. 

Lo primero que pensé fue decir “no”. Todo eran inconvenientes.

El curso se iba a impartir en otro municipio, a media hora de mi casa, y empezaba a las nueve. Con el nivel de agotamiento que tenía, con la anemia y todo lo demás, me parecía inviable. Además el aliciente de la cena, para mi no era tal. No podía cenar a esas horas, así que si iba, tendría que mirar mientras los demás cenaban. Lo lógico era decir “no”. 

Así llegué a Alpha el primer día, sin saber realmente a lo que iba, llena de escepticismo, pero con curiosidad.

A todos los inconvenientes anteriores se sumaba mi marido. Me dijo abiertamente que le parecía fatal que fuese. Si yo era reticente ante todo lo que tuviera que ver con la Iglesia, él era aún más radical que yo. Siempre nos hemos llevado fenomenal y no solemos discutir, pero tuvimos varias broncas a cuenta de Alpha. Aquello era lo que me faltaba. Pero la fe inexplicable de mi hijo había ido cambiado de forma imperceptible mis planteamientos, y contra todo pronóstico, dije “si”.

Así llegué a Alpha el primer día, sin saber realmente a lo que iba, llena de escepticismo, pero con curiosidad. Y la verdad es que no me gustó. Sinceramente pensé que aquello no me podía aportar nada, y yo no estaba para perder mi tiempo. Para cuando llegó el momento de marcharnos tenía claro que no iba a volver. Pero me ofrecieron la posibilidad de cambiar de mesa para el próximo día. Y una vez más, en contra de la lógica y de la decisión que ya había tomado, dije “sí”. Allí me senté, a ver cómo los demás cenaban mientras yo intentaba apagar el “incendio” de mi estómago con un vaso de agua.

Para mi sorpresa, este segundo día sí me gustó. El debate era interesante y todo el mundo opinaba lo que le parecía sobre temas que no forman parte de nuestra conversación cotidiana, pero de los que necesitamos hablar. Pensé que tal vez estaría bien volver. Volví, y con el transcurso de las charlas empecé a encontrarme cada vez más a gusto. Al final no falté ni un solo día, pese al agotamiento y al estrés, pese a la distancia y lo tarde que llegaba a casa. Me di cuenta de que por muy cansada que estuviera, siempre volvía de Alpha mucho mejor de lo que había salido de casa.

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Además empecé a darme cuenta de algo increíble. Yo había estudiado toda la vida en colegios de monjas y pensaba que lo sabía todo sobre el cristianismo. Estaba segura de que no tenía nada que aportarme. Cuando busqué respuestas a las preguntas que empezaron a inquietarme, ni se me ocurrió leer la Biblia ni acudir a ningún libro que estuviera relacionado con el cristianismo: ya “sabía” que  allí no iba a encontrar respuestas. Pero en Alpha me di cuenta de que en realidad, por increíble que pareciese, sabía sobre el cristianismo mucho menos de lo que pensaba.

Empecé a leer por las mañanas el Evangelio del día, y en seguida me di cuenta de que era cierto: aquellos textos escritos hacía miles de años me hablaban con una claridad alucinante, y me daban respuestas.

Nunca pensé que pudiera tener soluciones para mi vida en el siglo XXI. Empecé a leer por las mañanas el Evangelio del día, y en seguida me di cuenta de que era cierto: aquellos textos escritos hacía miles de años me hablaban con una claridad alucinante, y me daban respuestas. ¿Por qué ni se me había pasado por la imaginación acercarme a ellos en mi proceso de búsqueda?

En Alpha hay un día de convivencia y puedes llevarte a quien quieras. Esperaba ese día con ilusión porque pensaba llevar a mi marido, para que se convenciese de que Alpha no era nada raro, sino más bien un lugar de encuentro realmente interesante. Pero se negó a acompañarme. Y no sólo eso. Se negó a que llevara a nuestro hijo, y tuvimos una de las peores broncas de toda nuestra vida.  Así que el día no pudo empezar peor.

En el fin de semana hubo un momento en el que oraron por mi para que recibiera el Espíritu Santo.  Simplemente sentí una paz desconocida para mi. Una pasada. Aquel día le abrí una rendija de la puerta a Cristo y lo dejé entrar en mi vida, y eso iba a cambiarlo todo. Recuerdo que llegué a casa entusiasmada, feliz. Mi marido, como era previsible, tenía un enfado importante.

Para terminar de contaros mi experiencia en Alpha, tengo que hablaros de lo que pasó el día en el que el tema era la sanación.

Todos sabemos que los evangelios relatan las numerosas curaciones que Jesús realizó a lo largo de sus años de vida pública, pero nunca pensé que eso pudiera ir conmigo aquí y ahora. Eso es lo bueno de Alpha: te hace ver que la Biblia no es un libro más, sino que es la Palabra de Dios, que puede hacerse presente en tu vida, si tu quieres, claro. Y para mi asombro, se organizó en el mismo salón donde hacíamos la cena Alpha, una oración de sanación. Mi escepticismo aún resistía. Aquello era demasiado. Unas personas se dispusieron para recibir a aquellos que quisieran ser sanados. Lo lógico hubiera sido salir corriendo, pero a aquellas alturas de Alpha, mi mente estaba bastante más abierta, y pensé que no tenía nada que perder, aunque me costó muchísimo acercarme.

Ya he contado cómo estaba mi estómago por aquel entonces. Recuerdo que aquel día el “incendio” era especialmente intenso. Seguramente si no hubiera sido así, no me hubiera acercado.

Lo que os puedo decir, es que el terrible ardor de estómago que llevaba conmigo, con mayor o menor intensidad, de forma permanente durante meses, remitió por completo. Desapareció. ¿Casualidad? Yo sólo puedo contar lo que pasó. Aquello me dejó tan descolocada, que no quería ni hablar del tema. Cuando se lo conté a mi marido, me dijo que eso se debía a la sugestión, y sencillamente no se lo creyó. Lo entiendo, porque si antes de Alpha a mi me hubiesen contado algo así, yo tampoco me lo hubiera creído. Pero es lo que pasó.

Después de Alpha, que nadie piense que mi vida se transformó de un día para otro por arte de magia. Al principio me encontré muy perdida. ¿Cómo aplicar las enseñanzas de Alpha en mi vida, así por las buenas? No sabía ni por dónde empezar. Los de la mesa quedamos un día por nuestra cuenta, pero no le dimos continuidad. Es muy difícil que tú solo seas capaz de realizar el cambio. Te surgen dudas continuamente, te estás replanteando toda tu vida, y no es fácil. Necesitas una guía, porque las dudas te asaltan al principio continuamente. Acudí al sacerdote que había estado presente en Alpha.

Sólo había intervenido uno de los días del curso, y lo había visto pulular por allí, pero no había hablado con él, y al principio me dio corte acercarme, con mis dudas de principiante. Su respuesta fue increíble. Tuvo una paciencia infinita conmigo, y su ayuda fue providencial. Es muy importante que busquéis apoyo al principio. Por muy eufóricos que salgáis de Alpha, el camino que se presenta por delante si de verdad estáis dispuestos a hacer realidad un cambio profundo en vuestra vida, no siempre es fácil, y tener un referente a quien acudir es crucial.

Aparentemente, nada ha cambiado en mi vida. No me ha tocado la lotería. 

Además, hay dos claves que Alpha te da, y que para mi fueron fundamentales en esos primeros momentos. Por una parte, acudir al manual de instrucciones: la Biblia. Por otra, la oración.

Ya os he contado que empecé a leer el Evangelio del día cada mañana. Mi marido y yo siempre desayunamos juntos, y solíamos ver el periódico en internet y comentar las noticias. Después del ritual de las noticias, empecé a leer el Evangelio del día. Al principio mi marido se burlaba abiertamente de mi, pero yo seguí a lo mío. Había días en los que la Palabra me impactaba tanto, que hacía comentarios en voz alta, y poco a poco mi marido empezó a interesarse. Fue un proceso que llevó su tiempo, hasta que un día se la leí en voz alta, y así ha seguido siendo hasta hoy. El fue Alpha, pero esa es otra historia...Ahora, las noticias han sido desterradas de nuestro desayuno diario, y los dos leemos juntos la Palabra y la comentamos. No os imagináis cómo cambia el día cuando lo comienzas dedicándole a Dios unos minutos, y escuchando el mensaje que tiene para ti.

La segunda clave es la oración. Yo no sabía rezar. Había rezado cuando era niña, de forma mecánica, y ahí me había quedado. Al principio me sentía ridícula, parecía que estaba hablando sola, y no sabía ni qué decir. Pero si perseveras, poco a poco verás que cada vez te sientes más a gusto, y el día que constatas que te están escuchando, alucinas.

Aparentemente, nada ha cambiado en mi vida. No me ha tocado la lotería. Sigo trabajando en el mismo polígono industrial cutre, sigo llegando cansada a casa después de estar fuera durante diez horas, después de haberme levantado a las seis de la mañana. Y al llegar a casa comienza otra jornada laboral, porque está todo por hacer. La diferencia abismal radica en que ahora soy feliz. ¿Y cómo es posible, si en apariencia todo sigue igual? Porque me he encontrado con Cristo, y con Él, todo es nuevo, y maravilloso.

Sobre mi salud, os puedo decir que no tomo ningún medicamento, como todo lo que me apetece, y puedo cenar a la hora que me parezca bien. El “incendio” que me estaba amargando la existencia ha desaparecido. En la última endoscopia quedó constancia de que mi cardias incompetente ya no lo es. Funciona perfectamente. Nadie ha podido explicarme cómo es posible que un cardias incompetente se convierta en “competente”, pero es lo que ha pasado. Me encuentro increíblemente bien, como hacía mucho tiempo que no me sentía, pesea que mis jornadas diarias siguen siendo igual de largas y agotadoras.

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