By emma de León |

La historia de Tekila

Desde muy joven llegue a la conclusión de que Dios no era parte de mi vida.

Aunque mi educación fue religiosa y el ir a la iglesia los domingos me ayudó a creer que Dios existía, pero cada vez que empezaba a rezar la idea de que Él estaba muy ocupado para ayudarme con los problemas que mi familia enfrentaba me consumía.

Para mí, mis oraciones eran palabras vacías, impulsadas por una combinación de hacer lo que me decían y encontrar las palabras correctas.

Dios era sólo otro nombre que tenía en mis lista de contactos, guardado sólo para tener la tranquilidad de que tal vez me pudiera contestar si lo llamaba en algún improbable momento de peligro. La vida en si misma era algo mucho más real de lo que era Dios.

Mientras crecía evadí la vergüenza de quedarme atrás, suprimiendo sentimientos de arrepentimiento, rabia y ansiedad. Esto era lo único que me permitía continuar, que permitía seguir el ritmo frenético de mi vida. 

Un debate con mi hermano gemelo, quién siempre tuvo una fuerte fe, me dejó aún más frustrada de lo que estaba antes. Yo quería que frases como “Dios te ama” y “Dios es grande” significaran más que sólo vagas palabras. Ver que para mi hermano y otros cristianos que conocía esto significaba mucho, me hacía sentir que yo no había sido escogida para saber un gran secreto. Necesitaba saber acerca de que se trataba todo.

El debate terminó con la recomendación de mi hermano de que probara Alpha. Me imaginé un cristiano con la Biblia en la mano y vociferando hipocritamente acerca del “amor”de Dios y “la grandeza” de Dios y eso hizo que en un principio rechazará su propuesta.

Pero en el fondo, yo sabía que necesitaba una compañía que no me juzgara y en el que pudiera confiar para ayudarme a enfrentar mi pasado, presente y futuro. Según mi hermano, Dios era la persona perfecta para este puesto, aunque yo, en eses momento no lo entendí.

Decidí que Alpha sería la manera en la que Dios sería analizado a fondo para decidir su posición en mi vida. 

Cuando entré por primera vez, fue algo totalmente diferente a lo que me imagine. Mi grupo estaba formado por hombres y mujeres de diferentes orígenes, quienes bajo el escudo agonizante de una conversación superficial, parecían estar luchando querer pararse y gritar: “¿Qué estoy haciendo aquí?”

Todo parecía muy natural; desde los amigables líderes del grupo hasta la comida gratis. La idea de algo tan bien organizado parecía un acto altruista, era increíble pero yo estaba decidida a encontrar el punto débil de esa hospitalaria fachada.

Los temas retadores de Alpha me hacían volver a las reuniones.

Cada día tenía mas claro el rol que Dios queria jugar en nuestras vidas, y al mismo mi hambre por encontrar respuestas también crecía. Tampoco podía ignorar el hecho de que lo único que ellos querían de mi era que volviera, dijera lo que pensaba, y fuera yo misma. Era algo que me descolocaba.

Todos veníamos de diferentes caminos en la vida, pero durante nuestras conversaciones sentíamos como conectabamos los unos con los otros, sin pensar en el trabajo, nuestros logros u orígenes. Pronto sentí que eran amigos de toda la vida, y dejé de verlos como extraños y poco a poco fuí bajando la guardia y soltándome un poco más.

Alpha no me afectó inmediatamente, pero fue el comienzo de un recorrido y siento que me he convertido en lo que realmente soy. Mis prioridades cambiaron y siempre guardaré las amistades que construí en Alpha como si fueran un tesoro.

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